La terapia extracorpórea de ondas de choque transmite impulsos acústicos a una zona concreta desde un dispositivo colocado sobre la piel. No es lo mismo que una ecografía diagnóstica. Existen equipos focales y radiales, con parámetros y profundidad de acción diferentes.
Se utiliza sobre todo para algunas tendinopatías y cuadros de dolor crónico, como la fascitis plantar, la epicondilalgia o la tendinopatía calcificante del hombro. La calidad de la evidencia y el beneficio esperado varían según la indicación, el protocolo y la duración de los síntomas; por ello no sustituye una exploración ni un programa de rehabilitación adecuado.
La litotricia para cálculos renales también emplea ondas de choque, pero es un procedimiento urológico distinto. No hay evidencia clínica suficiente para afirmar que la terapia aplicada desde el exterior regenere un riñón con insuficiencia renal.
Las ondas de baja intensidad pueden producir una mejoría modesta en algunos hombres con disfunción eréctil de origen vascular. Las recomendaciones son débiles y el paciente debe recibir información sobre la incertidumbre y las alternativas con mayor respaldo. Antes del tratamiento hay que estudiar diabetes, factores cardiovasculares, hormonas, medicación y causas psicológicas o relacionales.
Para celulitis y otras finalidades estéticas se han descrito cambios temporales en la textura de la piel, pero la evidencia es limitada y no permite prometer una corrección permanente.
Durante o después de la sesión pueden aparecer dolor, enrojecimiento, hinchazón, pequeños hematomas o entumecimiento transitorio. La indicación requiere precaución si existen trastornos de coagulación, anticoagulantes, infección, tumor en la zona, embarazo sobre el área tratada o proximidad a estructuras sensibles.
Antes de recomendar el procedimiento aclaramos el diagnóstico, explicamos las alternativas y acordamos objetivos realistas. Si no hay una mejoría medible, el plan debe revisarse.
17 de noviembre de 2021