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Equipo médico durante un tratamiento de aféresis

Aféresis en Múnich: eliminación selectiva de componentes sanguíneos

La aféresis —del griego, «separación»— se utiliza para obtener componentes sanguíneos con fines terapéuticos o para retirar sustancias no deseadas de la sangre o del plasma. La sangre se extrae a través de una vena del brazo y circula por un sistema cerrado y estéril de tubos. Allí se mezcla con una pequeña cantidad de anticoagulante para evitar la coagulación. A continuación, una centrífuga separa los componentes según su densidad, de modo que pueda retirarse la fracción deseada. El resto de la sangre vuelve al organismo.

Dependiendo del procedimiento, la aféresis dura entre 20 minutos y tres horas. Se distinguen las siguientes modalidades:

  • Plasmaféresis no selectiva
    El plasma se separa por completo de la sangre y se sustituye por una solución de reemplazo adecuada.
  • Plasmaféresis selectiva
    Se filtran determinadas proteínas u otras sustancias y el plasma del propio paciente vuelve después al organismo.
  • Aféresis de sangre total
    Las sustancias se filtran directamente de la sangre completa. Según la indicación, pueden separarse plaquetas, plasma, eritrocitos (glóbulos rojos) o células madre sanguíneas para su uso terapéutico.

La aféresis se utiliza, por ejemplo, como tratamiento especializado de la hemocromatosis (sobrecarga de hierro). En esta enfermedad hereditaria, el organismo acumula demasiado hierro, lo que puede causar complicaciones como artritis, insuficiencia cardíaca o diabetes. En la eritrocitaféresis se retiran de forma selectiva glóbulos rojos que contienen hierro; el organismo produce después nuevos eritrocitos. El procedimiento y la frecuencia de repetición se determinan individualmente en función de los valores clínicos.

La aféresis también puede emplearse en determinadas leucemias, en algunas formas de anemia o para retirar de la sangre lipoproteínas perjudiciales. Realizada bajo supervisión especializada, suele tolerarse bien. Pueden aparecer efectos secundarios, a menudo relacionados con el anticoagulante, como sabor metálico, hormigueo alrededor de los labios o, en casos poco frecuentes, náuseas.