La deficiencia de hierro puede existir con o sin anemia. Cansancio, menor rendimiento, dificultad para concentrarse, palidez, caída difusa del cabello, falta de aire o palpitaciones son posibles síntomas, pero no son específicos: también aparecen en muchas otras enfermedades.
La evaluación suele incluir hemograma y ferritina. Una ferritina baja apoya el diagnóstico, pero el valor debe interpretarse junto con el contexto clínico: durante una inflamación puede ser normal o elevada a pesar de que falte hierro. En esos casos pueden ayudar la saturación de transferrina, la proteína C reactiva y otros parámetros.
No existe un único punto de corte válido para todas las personas. La edad, el embarazo, las enfermedades crónicas y los valores de referencia del laboratorio deben tenerse en cuenta.
Entre las causas frecuentes se encuentran las menstruaciones abundantes, otras pérdidas de sangre, el embarazo, una ingesta insuficiente, la celiaquía, la inflamación gastrointestinal o una absorción reducida. En varones y mujeres después de la menopausia, una deficiencia confirmada exige valorar especialmente una posible pérdida digestiva.
El hierro oral suele ser la primera opción. La dosis y la pauta se adaptan para mejorar la tolerancia y se controlan con análisis. El hierro intravenoso se reserva para situaciones concretas, por ejemplo intolerancia o respuesta insuficiente al tratamiento oral, malabsorción o una necesidad de reposición rápida; debe administrarse bajo supervisión por el riesgo poco frecuente de reacciones graves.
Carne, legumbres, tofu, frutos secos y cereales integrales aportan hierro. La vitamina C mejora la absorción del hierro vegetal, mientras que té y café tomados con la comida pueden reducirla. No recomendamos suplementos sin una deficiencia demostrada, ya que un exceso también puede ser perjudicial.
10 de febrero de 2022